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La Pedagogía de la Alteridad: una mirada a lo humano

La ética, la identidad y la educación son los ejes que debería tener todo docente.

Articulos en Español

Dentro del ámbito educativo y/o social, hablar de educación es tener presente un elemento clave que es la problemática del “Otro”, en otras palabras, la alteridad. Desde las escuelas se ha combatido este hecho a través de la inclusión educativa; este término apela al conjunto de actuaciones y medidas para identificar y superar las dificultades de aprendizaje, facilitando la participación del alumnado así como sus diferentes ritmos, motivaciones y capacidades.

Toda esta labor docente siempre ha estado relacionada al conocimiento, es decir, al avance del proceso de enseñanza-aprendizaje de cada discente. Por tanto, nuestro sistema ha construido “la diferencia” a partir de las deficiencias cognitivas, motrices, físicas y psíquicas sin tener en cuenta la relación ética, dicho en palabras de Lévinas (1993): Al Otro en tanto otro; de esta relación surge la Pedagogía de la Alteridad, término introducido por Pedro Ortega (catedrático de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Murcia y doctor en Pedagogía). Él afirma que todo discurso pedagógico tiene un punto de partida y unos objetivos. En este caso, la “Pedagogía de la Alteridad” está fundamentada por la ética material de Lévinas, Horkheim y Adorno (Ortega, 2004); por ello, la acción educativa de esta pedagogía se centra en la “acogida al Otro, en un hacerse cargo del Otro, en ser responsable del Otro y en responder al Otro”. Las características fundamentales de la Pedagogía de la Alteridad se dividen en cinco grandes apartados: circunstancia, acogida, memoria, testimonio y denuncia.

El educador debe hacerse responsable del educando, es decir, debe hacerse cargo de él.
El educador debe hacerse responsable del educando, es decir, debe hacerse cargo de él.

A. La educación es circunstancia o contexto

No educamos a individuos iguales, cada uno tiene una peculiaridad y unos contextos muy diferentes o dicho en palabras de Lévinas, no existe un individuo sin rostro. Esto nos lleva a considerar una serie de ideas:

a) No podemos educar en la universalidad (ética kantiana).

b) Existe un “aquí” y un “ahora” que hace que la educación sea distinta a como era antes. No existe educación posible sin tener claro el contexto.

c) Debemos responder con el presente al “aquí” y “ahora” de nuestro alumnado. Todo el alumnado es un individuo histórico que tiene una serie de circunstancias específicas del tiempo histórico en el que vive.

Además, no puede existir una relación educativa si no se expresan (el educador y el educando) en una misma gramática. El ser humano es necesariamente un ser gramatical (Mèlich, 2010), por tanto, el contexto es contenido educativo indispensable; la perspectiva de alteridad acoge a todo individuo desde su realidad concreta y no a seres aislados y singulares. La Pedagogía de la Alteridad apuesta por educar al ser histórico (individuo con rostro y biografía).

B. La educación es acogida

Al afirmar que la educación es acogida, estamos diciendo que el educador debe hacerse responsable del educando, es decir, debe hacerse cargo de él. Este hacerse cargo sólo podrá realizarse cuando el educador acoja al educando desde su totalidad (su todo Ser). Así pues, una vez que el educador está dispuesto a realizar esta acción:

1) Deja a un lado su egocentrismo para ayudar a que el otro sea “alguien”.

2) Educa desde la realidad del educando, ya sea social, personal o académica.

3) El educador entiende la educación como un proceso por el cual el educando podrá socializarse y orientarse ante el mundo que se le avecina, siempre desde el contexto que le ha tocado vivir.

4) El educador es guía, aunque llegará el momento que deba dejar de serlo para que el educando sea lo suficientemente autónomo como para tomar sus propias decisiones.

5) Reconoce que la tarea educativa es un acto de amor. Sin amor es imposible educar y, por ende, alumbrar una nueva existencia.

C. La educación es memoria

Nuestra forma de entender la educación es consecuencia del legado de los que nos precedieron, dicho de otro modo, “somos Otros porque Otros fueron rostros que configuraron nuestro presente” (lo que soy es gracias a lo que fue). Entonces, no podemos recurrir y/o recordar al pasado a través de la melancolía romántica como un mero suceso aislado, sino como factor de contemporaneidad entre él y el presente.

Por tanto, una pedagogía que no tenga en cuenta lo que “nos ha pasado y hemos sido”, quedará descontextualizada de nuestra historia como humanidad: Solo la memoria de todas las víctimas nos puede hacer recuperar la dignidad moral, hacerles justicia y construir futuro (Ortega, 2006, 521).

Donde hay amor, allí hay visión.
Donde hay amor, allí hay visión.

D. La educación es testimonio

El educador no solo deberá enseñar contenidos, sino que él mismo es testimonio vivo de una buena educación. Todo aquello que haga repercutirá en la evolución del niño o de la niña. Una mirada, una muestra de cariño, una regañina, un consejo, una manera de actuar, ayudará al maestro o a la maestra a ser un testimonio claro de buen educador o educadora. La relación docente-discente, debe ser una relación testimonial. Existirá maestría (ejercicio de maestro) cuando haya testimonio.

E. La educación es denuncia

Esta pedagogía juzga las catástrofes de nuestra historia como civilización para educar y enseñar que toda injusticia debe ser abolida a través de la educación. Insiste en que la educación parte del amor al otro; ubi amor ibi oculus, decían en el Medioevo: donde hay amor, allí hay visión. Por tanto, aquel que deja su “ego”, puede dirigirse sin ataduras hacia la realidad de los Otros y conocerlos tal y como son, superando así los obstáculos de toda índole que pueden darse en un determinado contexto social. Por esta razón, todo pensamiento educativo que antepone el amor o la acogida a los Otros consigue una buena praxis y la vuelve hacedora.

Por lo tanto, todas estas características facilitan la comprensión de esta corriente pedagógica, insistiendo en que la Pedagogía de la Alteridad no consiste en añadir o aplicar ideas sino en reflexionar sobre la profesionalidad docente y su acción educativa. Podemos llevar el pensamiento de E. Lévinas al aula si reflexionamos sobre su pensamiento y lo asimilamos como parte de nuestro carácter identitario. Nuestra identidad profesional docente está abierta a intercambios debido a la vocación de servicio que tiene impuesta –educamos a un grupo de personas que cada año van cambiando y esto exige una renovación, tanto didáctica como personal–. En consecuencia a lo anterior y desde una visión más práctica, ¿cómo podría definirse el maestro o la maestra que asimila la alteridad como parte de su identidad docente?

  • El maestro o la maestra favorece un encuentro personal e individual con el otro –rostro–, dándole espacio para la comunicación y el diálogo.
  • El maestro o la maestra se define como persona que necesita del otro, vulnerable que construye con el otro; por ello, asume la responsabilidad del otro en términos de acogida.
  • El maestro o la maestra no se muestra indiferente ante los problemas del alumnado. No tiene en cuenta su “yo”; él o ella es para los demás, está al servicio del alumnado, buscando el bien del alumno o la alumna.
  • El maestro o la maestra ama su profesión del mismo modo que ama a su alumnado. Sin amor, no hay pasión y, por ende, por mucho que uno quiera ser buen maestro o maestra, terminará siendo un instructor –podrá instruir muy bien, pero sin una ética que lo respalde, no formará a individuos concretos sino a grupos homogéneos indiferentes–.
El alumno no es solo demandante de educación, sino que, ante todo, es una persona que necesita ser escuchada y educada.
El alumno no es solo demandante de educación, sino que, ante todo, es una persona que necesita ser escuchada y educada.

Como bien hemos podido entender, para educar hay que ser experto en humanidad y, por ende,  debemos aceptar la vulnerabilidad del “Otro” para acogerlo y responsabilizarnos de él y de su aprendizaje a través de un contrato didáctico de alteridad, en donde se ponga el foco en la escuela como centro de acogida, libertad y realidad social. Por ello, la Pedagogía de la Alteridad reconoce que cada situación educativa es singular y única, es decir, no pretende incluir a un individuo en una homogeneidad en donde se utilice la educación como forma de reducir al “Otro en tanto otro”. Además, la ética, la identidad y la educación son los ejes que debería tener todo docente ya que su mezcla predispone al maestro o la maestra al ejercicio de su acción educativa. Es fácil admitir la expresión “crisis pedagógica” como convencimiento de lo que se transmite en el aula; sin embargo, el enseñante debe conducir a su alumnado al éxito de los conocimientos científicos y técnicos, y de los valores morales. En educación no puede existir una actitud de conformismo e inmovilismo. Es más, no podemos olvidar que el alumno no es solo demandante de educación, sino que, ante todo, es persona que necesita ser escuchada y educada en todos los aspectos para lograr un Ser integral, capaz de afrontar los requisitos que la sociedad impone. Todo esto, puede realizarse si el docente adopta una acción educativa en donde la responsabilidad, la acogida y el amor al otro esté presente.

En definitiva, E. Lévinas fue un avanzado en su tiempo ya que reflexiona acerca de una ética necesaria a día de hoy en donde la Era Tecnológica, tan presente actualmente debido a la situación global de pandemia en la que vivimos, los aquelarres de nuestras vidas y nuestra filosofía de vida occidental –basada en los pensamientos de Kant y Descartes– hacen difícil la empatía, la acogida al otro. Todo ello imposibilita un acercamiento al otro que me espera, que necesita de mí y que busca referentes. Esta forma de entender la educación es una manera de vivir desde el otro, con el otro y para el otro que nos interpela éticamente diciendo: Heme aquí, no me violentes.

Y tú, ¿cómo llevas la alteridad al aula?


Lévinas, E. (1993). Humanismo del Otro Hombre. Madrid: Caparrós.

Mèlich, J. (2010). Ética de la compasión. Barcelona: Paidós.

Ortega, P. (2006). Sentimientos y moral en Horkheimer, Adorno y Lévinas. Revista Española de Pedagogía, 64 (235), 503-504.

–  (2014). La educación moral como pedagogía de la alteridad. Revista Española de Pedagogía, 62 (227), 5-30.

Graduado en Educación Primaria y especializado en Español como Lengua Extranjera. Actualmente, forma parte del grupo de investigación HUM-819 de la Universidad de Jaén (España) centrado en Investigación Curricular y Didáctica de las Ciencias Experimentales. Su lema: Educar es un acto de afecto.

: xxirazonesparaeducar.wordpress.com

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